Las redes sociales nos inundan con personajes que, bajo seudónimo, multiplican su osadía hasta puntos sin duda difíciles de comprender. Las declaraciones rompen el sistema de control de la inhibición y evidencian que cuanto mayor es la garantía del anonimato, mayor es la desinhibición. Pero ¿es esto algo malo? El uso de seudónimos es milenario y tiene historia, tanto para lo malo como para lo bueno. Ha tenido siempre motivos diversos: políticos, religiosos, económicos, para protegerse de persecuciones, de la censura, o simplemente para escapar a la baja aceptación social de determinadas obras, escritos, denuncias o afirmaciones.
Bajo seudónimo se defienden en el mundo un gran número
de causas justas. Las redes sociales permiten expresarse libremente desde lugares
donde la libertad escasea, cuando existe alguna, o cuando escribir desde la
propia identidad significa represión segura o incluso muerte. ¿Podemos imaginar
la vida sin estos testimonios? El anonimato es, sin duda, una parte
irreprimible de la experiencia humana y la idea de limitar su existencia es
simplemente absurda. La cuestión es cómo equilibrar la naturaleza de lo bueno y
de lo malo, de las causas justas con el deseo de hacer daño, o simplemente con
el deseo de mantener un nivel de privacidad. Salvo que queramos que las redes
sociales lleguen a ser una especie de duplicado de nuestra partida de
nacimiento en algún lugar de la Red, yo lo tengo bastante claro.

