Ricardo García Mira
Las redes sociales nos inundan con personajes que, bajo seudónimo, multiplican su osadía hasta puntos sin duda difíciles de comprender. Las declaraciones rompen el sistema de control de la inhibición y evidencian que cuanto mayor es la garantía del anonimato, mayor es la desinhibición. Pero ¿es esto algo malo? El uso de seudónimos es milenario y tiene historia, tanto para lo malo como para lo bueno. Ha tenido siempre motivos diversos: políticos, religiosos, económicos, para protegerse de persecuciones, de la censura, o simplemente para escapar a la baja aceptación social de determinadas obras, escritos, denuncias o afirmaciones.
Bajo seudónimo se defienden en el mundo un gran número
de causas justas. Las redes sociales permiten expresarse libremente desde lugares
donde la libertad escasea, cuando existe alguna, o cuando escribir desde la
propia identidad significa represión segura o incluso muerte. ¿Podemos imaginar
la vida sin estos testimonios? El anonimato es, sin duda, una parte
irreprimible de la experiencia humana y la idea de limitar su existencia es
simplemente absurda. La cuestión es cómo equilibrar la naturaleza de lo bueno y
de lo malo, de las causas justas con el deseo de hacer daño, o simplemente con
el deseo de mantener un nivel de privacidad. Salvo que queramos que las redes
sociales lleguen a ser una especie de duplicado de nuestra partida de
nacimiento en algún lugar de la Red, yo lo tengo bastante claro.
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