Ricardo García Mira
Un terremoto más en Galicia. En realidad, un maremoto,
si tenemos en cuenta su epicentro. Aunque suele ser objeto de alarma, no
deja de ser algo anecdótico que no va más allá de la curiosidad. A la
vista de otros recientes movimientos sísmicos y otros desastres de
envergadura más global, tanto con origen en causas naturales, como
tecnológicas, despertarse ayer con uno de magnitud 5 en la escala de
Richter no pasa de lo puramente anecdótico.
Un terremoto se asocia habitualmente a algo desastroso,
catastrófico. Sin embargo, no tiene por qué serlo. Es una parte de la
evolución de la Tierra y un efecto del desplazamiento del suelo que
pisamos cada día. Forma parte de esos fenómenos aparentemente aleatorios
tan difíciles de predecir con ecuaciones exactas. Es lógico que al
sentir este movimiento bajo nuestros pies la alarma se apodere de
nosotros. La incertidumbre, que nos invade ante el temor de lo que pueda
suceder a continuación, y la ansiedad, constituyen los cuadros más
característicos. En efecto, al igual que los terremotos de Triacastela
hace nueve años, el de ayer viene a producir lo que los psicólogos hemos
denominado ansiedad anticipatoria , que no es otra cosa
que una reacción normal de todo ser humano que experimenta este tipo de
ansiedad cada vez que se sitúa ante un fenómeno retante o incierto. Y se
debe a una respuesta adaptativa de pánico que trata de localizar
inmediatamente la fuente de peligro para poder protegerse. Cuando nos
damos cuenta de que el movimiento pasó sin más, la respuesta continúa
durante un tiempo poniendo nuestra atención en lo que ocurrirá a
continuación. Las réplicas se van haciendo más y más suaves, y nuestra
ansiedad se desvanece también.
Nuestra respuesta al terremoto es un sentido de
preocupación y vigilancia, un estado emocional que representa el miedo a
lo que va a ocurrir, pero que forma parte de nuestro sistema defensivo
personal, que no debe conducir a más preocupación.
23 Abril 2006
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